Pocas veces uno tiene la oportunidad de despedirse en vida de un ser querido, así que me gustaría hacerlo ahora.
Llegaste a acompañarnos en la Navidad de 1997, yo recién en primero básico, en colegio nuevo y nos habíamos cambiado recién de casa. Ese día los dos nos emocionamos al conocernos, me acuerdo. Y tenemos el video que grabaron los tíos.
El patio siempre fue tu territorio, y tarde o temprano aprendiste que las sábanas no se mordían y dejaste a mi mamá colgar la ropa. Quizás a cuántos ladrones hayas espantado con los saltos que te pegabas en la pared de atrás; hasta alcanzabas a mirar hacia el pasaje.
Yo nunca fui mucho de salir a jugar o a correr contigo; yo era más de conversarte, y pucha que eras bueno escuchando. Siempre estuviste ahí.
Hasta nos acompañaste a la playa un verano: ese fue tu viaje más largo. Te mareabas igual que yo, pero conociste la casa de Iloca.
Luego el 2006 nos vinimos a esta casa. Acá el patio es más largo pero dejaste de saltar. Debe ser que era más fome porque atrás había una casa vacía nomás.
Y quién iba a pensar que alguna vez ibas a tener una compañera. Al principio no sabías cómo tratar a la Niña, ¿quién es esa cachorra tan inquieta? pero ya se aprendieron a llevar bien. Disculpa si tuvimos que cederle a ella tu patio, pero te quedaste con la mejor vista: el antejardín. Nunca más quisiste volver atrás; siempre había algo que ver: conociste a todos los vecinos, los autos, los niños que te saludaban.
Algunos te tenían miedo; preguntaban si los ibas a morder. Pero cómo, si siempre fuiste tan pacífico; tu peor ataque era pasar tu nariz húmeda por el cuerpo de todas las visitas. Si hasta una vez dejaste que nos entraran a robar, pero no te preocupes, no tienes la culpa, tú sólo pensaste que era una visita más que entró saltando la pared.
Ayer me contaron que estás un poco enfermo, que te está costando comer y caminar. Algo parecido te pasó el verano pasado; pensé que al volver de mi viaje ya no ibas a estar. Pero me esperaste con mucha fuerza, y volviste a esperar que empezara el paro para que yo estuviese más tiempo en la casa contigo. Cada día yo salía a almorzar y te prometía que iba a volver más tarde y así lo hice. Cada vez que llegaba despertabas y me acompañabas hasta la puerta, por más que te costara mover tus huesitos.
Ahora que eres tú el que se va, vas a poder reencontrarte con tus papás y tus hermanos, y sé que vas a estar protegiendo nuestro lugar, y estando siempre atento a la puerta por donde entraremos cuando llegue el momento. Y tendremos todo el tiempo del mundo para jugar y para pasear en un lugar con mucho, mucho espacio.
Ahora es el momento en que vas a dormir la mejor siesta, en todos nuestros corazones, para siempre.